Por su interés, transcribimos unas reflexiones de la Dra. Carmen Iglesias, responsable del Servicio de Cirugía Plástica y Medicina Estética del Hospital Universitario Nuestra Señora del Rosario, sobre los criterios médicos previos a una intervención y las consecuencias de que se valore más una tendencia que un diagnóstico.
“En Medicina Estética, el error no siempre es visible de inmediato. Muchas veces aparece cuando el tejido ya ha sido forzado, cuando la anatomía ha sido ignorada o cuando la indicación se ha basado más en la tendencia que en el diagnóstico.
Técnicamente, un milímetro parece irrelevante. Clínicamente, puede ser la diferencia entre:
- Respetar un plano anatómico o alterar la dinámica natural del rostro
- Armonizar o crear rigidez, migración o distorsión progresiva
El problema no suele ser el producto. Ni siquiera la técnica aislada. El verdadero punto crítico es el criterio médico previo: qué se trata, cuándo se trata y, sobre todo, qué no debe tratarse.
En un contexto donde los resultados se evalúan por impacto visual inmediato, se ha normalizado confundir volumen con rejuvenecimiento, simetría con corrección, cambio con mejora.
Pero el rostro no es una superficie neutra. Es un sistema funcional: se mueve, envejece, recuerda. Cada intervención deja huella biomecánica, no solo estética.
Por eso, corregir implica leer el tejido, comprender su historia y anticipar su comportamiento futuro.
Deformar, en cambio, suele ser el resultado de protocolos estándar, prisas terapéuticas y decisiones tomadas sin una valoración médica real.
La medicina estética madura no busca llamar la atención. Busca desaparecer dentro del propio rostro. Que el resultado no se identifique como tratamiento, sino como continuidad.
Porque, al final, la diferencia entre un buen resultado y un error acumulativo no se mide en jeringas. Se mide en milímetros… y en criterio médico”.
